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10/10/2010
Europa gira a la derecha

Autor: Ian Buruma
Font: LA VANGUARDIA
Enllaç:  http://hemeroteca-paginas.lavanguardia.es/LVE05/PUB/2010/10/10/LVG201010100271LB.pdf

Ian Buruma. Profesor de Democracia y Derechos Humanos en el Bard College

Qué ha sido de los buenos europeos, esas agradables personas de los pequeños países nórdicos que gustaban de considerarse los adalides del mundo en materia de libertad y tolerancia?

Muchos europeos progresistas siguen vivos y coleando, pero primero en Dinamarca, después en los Países Bajos y ahora en Suecia, partidos populistas y antiprogresistas que infunden miedo a los inmigrantes –en particular los musulmanes– han logrado poder suficiente para establecer los programas políticos de sus países o al menos influir en ellos. Dichos partidos no son exclusivos de Escandinavia y de los Países Bajos, sino que forman parte de una ola mundial de irritación contra las minorías políticas selectas, a las que se reprochan todas las inseguridades que entraña la economía mundializada, la crisis financiera y la vida en sociedades étnicamente más mezcladas. La psicología que subyace al Tea Party en EE.UU. y a los partidos aintiinmigrantes en Europa es similar.

El Partido de la Libertad holandés (cuyo único miembro es su dirigente, Geert Wilders), el Partido Popular danés, liderado por Pia Kjaersgaard, y los Demócratas suecos de Jimmy Akesson afirman ser defensores de la civilización occidental contra su principal enemigo: el islam. Hablan de las libertades occidentales, incluida la de expresión, pero Wilders quiere prohibir el Corán y el burka y un diputado al Parlamento danés ha llamado al islam “una peste en Europa”. El Gobierno conservador de Dinamarca no podría gobernar sin el apoyo del Partido Popular. Los conservadores moderados suecos tendrán que depender de los Demócratas para formar un gobierno viable y Wilders ha recibido garantías de los partidos conservador y democristiano de que, a cambio de su apoyo, se prohibirá el burka en los Países Bajos y se frenará la inmigración.

La influencia de esos nuevos populistas tan habilidosos, que riñen su guerra contra el islam, se extiende más allá de las fronteras de sus países. El nacionalismo va en aumento en el mundo occidental.

El populismo europeo se centra en el islam y la inmigración, pero puede estar movilizando una rabia mayor contra las minorías selectas expresada por ciudadanos que no se sienten suficientemente representados o temen quedar rezagados económicamente. Las minorías políticas selectas de la Europa del norte, en gran medida socialdemócratas o democristianos, han desdeñado con frecuencia esos temores y su paternalismo y condescendencia puede explicar por qué la reacción ha sido particularmente intensa en esos países progresistas.

Una posible solución es dejar que los partidos populistas entren en el gobierno, si logran un número suficiente de votos. La idea de que un candidato de un Tea Party llegue a ser presidente de Estados Unidos es alarmante, desde luego, pero los populistas europeos sólo podrían formar parte de gobiernos de coalición.

Es cierto que los nazis de Hitler se apoderaron de Alemania en cuanto fueron votados para ejercer el poder, pero los nuevos derechistas europeos no son nazis. No han recurrido a la violencia ni han violado ley alguna: aún no. Mientras así sea, ¿por qué no concederles una responsabilidad política real? Entonces no sólo tendrían que demostrar su competencia, sino también moderar sus actitudes.

Por eso el modelo danés es probablemente la peor solución, pues no requiere una capacidad de los populistas para gobernar. Mientras Wilders y sus homólogos europeos estén fuera del gobierno, no tendrán un incentivo para atemperar su retórica antiprogresista y dejar de alimentar la hostilidad para con las minorías étnicas y religiosas.

Eso es lo que sucedió en la Austria de Wolfgang Schüssel hace un decenio. Allí el populista Partido de la Libertad se escindió cuando algunos optaron por moderar sus opiniones para tener éxito en el gobierno, pero la decisión de la UE de imponer una forma de limbo diplomático a Austria por la decisión de Schüssel de incluir el Partido de la Libertad en su coalición de gobierno puede disuadir a otros conservadores de seguir ese rumbo. Por ello, es más probable que los conservadores mayoritarios acepten un acuerdo sobre principios que desde hace mucho tiempo hemos dado por sentados, como la igualdad civil y la libertad religiosa.

De hecho, la reacción de los conservadores mayoritarios –e incluso de algunos socialdemócratas–, temerosos del poder de los populistas, dentro o fuera del gobierno, ante las opiniones antiprogresistas ha sido ya inexcusablemente blanda. Quienes ven el peligro de una guerra cultural con los musulmanes o la estigmatización hostil de las minorías deben poder influir en la opinión con argumentos prácticos. Se debe convencer a los ciudadanos de que sin una inmigración  controlada los europeos estarán peor económicamente. Con índices de natalidad en descenso, se necesitan inmigrantes para mantener la prosperidad europea. Al mismo tiempo, las economías de Europa deben estar menos enredadas en reglamentaciones protectoras para que los inmigrantes puedan encontrar trabajo más fácilmente.

Por último, se debe exponer con mayor solidez el argumento de que será mucho más difícil proteger a nuestras sociedades contra el terrorismo revolucionario del islam radical sin el apoyo activo de todos los musulmanes respetuosos de la ley. Europa no estará más segura con políticos según los cuales estamos en guerra con el islam. Al contrario, su influencia no sólo hará la vida menos civilizada, sino también mucho más peligrosa.


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